La fe no es un pensamiento en el que el yo, libre de toda atadura, imagina reflexionar sobre la misma fe. Más bien, la fe se produce por un diálogo, es una expresión de lo que se oye, de lo que se recibe y de la respuesta que, por la conversación entre el yo y el tú, nos lleva a un nosotros, acercándonos a los que creen lo mismo.
San Pablo dice que la fe viene por el oir. Esto puede paracer una idea de un tiempo determinado, una noción que, por tanto, puede cambiar. A alguien podría parecerle que es el resultado de la situación de la sociedad en aquel tiempo, y que, a lo mejor algún día la fe puede venir de leer o reflexionar. Pero la verdad es que ahí existe algo más que el reflejo de una determinada situación histórica. La frase de que la fe viene por el oír expresa una estructura permanente. La afirmación muestra la diferencia entre la fe y la filosofía pura, aunque en su ser más ínitimo la fe también mueva a la búsqueda filosófica de la verdad.
La fe nace de lo que se oye. Recibe lo que no ha pensado, de manera que pensar en la fe siempre es una reflexión acerca de lo que se ha recibido y esucuchado antes. La fe no es un producto de mis pensamientos, viene de afuera; la palabra no es algo de lo que dispongo y cambio a mi gusto, sino que se anticipa a mí mismo, a mi idea. La nota característica del acontecimiento de la fe es el positivismo de lo que viene a mí, de lo que no nace en mí ni me abre, de lo que yo no puedo dar; por eso se da una supremacía de la palabra anunciada sobre la idea, de manera que no es la idea quien crea las palabras, sino que la palabra predicada marca el camino del pensamiento. La primacía de la palabra y lo positivo de la fe van unidos a su carácter social; esto supone también una diferencia con la estructura individualista del pensar filosófico que en cuanto tal busca la verdad
En la filosofía lo principal es la búsqueda privada de la verdad; después, como algo secundario, busca y encuentra compañeros de viaje. La fe, por el contrario, es ante todo una llamada a la comunidad en la unidad del espíritu mediante la unidad de la palabra; su finalidad es, ante todo, social: suscitar la unidad del espíritu mediante la unidad de la palabra. Después, sólo después, abre el camino que lleva a la aventura de la verdad.
Devocional inspirado en un texto de Joseph Ratzinger.
Gloria sea al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.